Ayer fue un día muy cansado pero, a la vez, esperanzador y
reconfortante. Durante toda la mañana y prácticamente toda la tarde, estuve
realizando un trabajo para la facultad. Para cuando llegaron las 7 de la tarde,
mis compañeros y yo casi habíamos terminado y yo tenía una cita en otro sitio.
En concreto, en la Plaza Nueva de Sevilla, desde donde salía
la manifestación convocada por la defensa de la Educación Pública y en la que
participaban todos los niveles de la enseñanza, desde Primaria hasta la
Universidad. Ya he ido a muchas manifestaciones de diversa índole, pero quizá
las de la Marea Verde tienen algo especial
por lo que representan, esto es, es una digna defensa de la Educación Pública de todos y para todos, tanto por parte
de profesores, como de padres y alumnos. Es especial y diferente porque en esas
protestas se reivindica nada más y nada menos que la base y uno de los pilares
de un Estado social y democrático. Sin una educación de calidad para todos, los
ciudadanos no tenemos posibilidades de desarrollar un espíritu crítico y
autocrítico con el que vigilar a nuestras instituciones, reflexionar,
desarrollar una sociedad lo más justa posible.
Parece que es precisamente esto lo que nuestros dirigentes,
de cualquier color, pretenden evitar. No se explica que en cada nueva
legislatura se quiera cambiar de plano todo lo que hizo el anterior Ejecutivo
por una simple cuestión ideológica*. Ese es uno de los problemas de este país y
es que todo se lleva al plano de la ideología en lugar de buscar soluciones
realmente eficaces que nos beneficien al mayor número posible de personas y que
tenga en cuenta también a las minorías. Quizá es utópico. O quizás no.
La nueva Ley Wert
no es más que otro intento de utilizar algo de tanta trascendencia como es la
Educación para el beneficio propio y ajeno, pues al parecer y sin que tampoco
extrañe a nadie, la Iglesia Católica tiene más que decir en este ámbito que los
propios profesores y demás agentes de la educación. Cuando éstos se han echado
a las calles junto con los padres y los alumnos para reclamar que les escuchen,
que se les tenga en cuenta, nuestros políticos no han dudado en insinuar que
sus “prácticas” poco distan de las de Batasuna o que pertenecen a la izquierda
más radical. Después de declaraciones como éstas y de intentos de matizaciones
vanas, tanto Alfonso Alonso como José Ignacio Wert siguen ahí, cobrando sus
sueldos gracias a esos radicales antisistema.
A pesar de tanto despropósito, de tanta desafección de los
ciudadanos españoles hacia la política –lo cual me parece del todo
incomprensible-, hay quienes no se achantan y continúan echándose a la calles a
luchar por lo que creen que es justo. Por lo que creemos que es justo.
La razón de ser de este escrito son estas personas y, sobre
todo, esa gran cantidad de niños de Secundaria y, en menor medida, de Primaria
que secundaron la huelga y la manifestación. Pocas cosas me parecen tan
esperanzadoras como ver a niños de quince años gritando consignas en las que
reclaman uno de sus derechos más básicos. Es reconfortante porque la siguiente
generación que va a entrar en la Universidad llega con ganas y con fuerzas para
la lucha, una lucha cada vez más desigual pero que poco a poco da sus frutos.
Son cosas como éstas las que me hacen recuperar la esperanza
y el ánimo de luchar, porque ayer fui a la manifestación casi por obligación
cívica pero sin mucho ánimo, después de tantos intentos de criminalizar las
protestas ciudadanas por parte de los dirigentes. Sin embargo, y a pesar de que
al principio de la marcha hubo altercados, mirar los ojos encendidos de los
chavales de institutos y las caras pintadas de niños de siete años me hizo
recobrar las ganas y dar un golpe sobre la mesa porque nuestra educación no se
vende, se defiende. Con uñas, dientes y lo que haga falta.
* Dato: llevamos 7 reformas educativas en 35 años. Todo muy estable.

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