jueves, 2 de agosto de 2012

Así (no) son las cosas

Estamos acostumbrados a escuchar muchos lamentos y quejas que muestran el hartazgo de la sociedad española en particular, y mundial en general. La gente está cansada de ver lo que está ocurriendo en el mundo, de observar con impotencia la serie de atrocidades que se están cometiendo sin que nadie haga nada de forma contundente. No sólo son atrocidades relativas a violaciones de derechos humanos, que de forma automática damos por hecho en países con sistemas políticos dictatoriales, sino acciones realmente deplorables y que tienen lugar dentro de las fronteras de países que se suponen democráticos.

En estos países la gente no tiene miedo de hablar, de expresar su disconformidad con el Gobierno, pero sin embargo tiene que soportar, atónita, cómo sus políticos, aquellos en los que han depositado su confianza e incluso una parte importante de su vida, se ríen de ellos. Como en todos los casos, las generalizaciones no están bien, pero desgraciadamente la mayor parte de los dirigentes políticos dejan mucho que desear.
Estamos completamente indefensos ante una democracia que cumple con sus objetivos de forma superficial. La importancia del Estado de derecho es evidente, a los políticos se les llena la boca cuando hablan de él y no es para menos. En teoría, el Estado de derecho es un Estado en el que sus autoridades se rigen y están sometidas a un derecho vigente, algo lógico por otra parte ya que se supone que nuestras autoridades, los políticos, aquellos a los que elegimos libremente, están al servicio de los ciudadanos. Es decir, de alguna forma, los ciudadanos somos los jefes de los políticos. Nada más lejos de la realidad.

Nos encontramos con casos de corrupción en la mayor parte de los partidos políticos, pero lo grave no es esto, ya que al fin y al cabo somos humanos y estamos muy lejos de la perfección. Lo realmente grave, alarmante y descorazonador es que no se haga nada con esa gente que engaña y que roba a aquellos que les han puesto al frente del barco. No puedo evitar sacar a colación el caso de Grecia. Se descubre que los dirigentes han estado falsificando informes durante años, lo que ha provocado que el país se encuentre en una situación bastante precaria. La pregunta es obligada: ¿no se busca a los culpables? ¿No va a investigarse y a juzgar a aquellos que jugaron con las cuentas del país? Parece que no, aunque esto no pasa sólo en Grecia.

Se acabaron las ideologías, ya no podemos sentirnos identificados con ninguna persona que represente la ideología de determinado partido. La desconfianza es demasiado fuerte y la desafección política por parte de la ciudadanía es una consecuencia lógica de todo esto. Se necesita que los jóvenes sean conscientes de todo lo que tiene que ver con la política, ya que es esta la que determina en mayor o menor medida muchos aspectos de su vida, pero a la misma política no le conviene esto, sino crear ciudadanos cada vez más apáticos para poder actuar de forma dudosa sin que nadie le exija explicaciones.

Es una pena, ya que esto representa las antípodas del objetivo primero de la política, pero sólo queda que el pueblo, el que realmente tiene fuerza e importancia, se levante y decida acabar con aquellos que pretendan menospreciarlos y jugar con su confianza, su dinero y, sobre todo, con su ilusión.